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El VIRACOCHA de GARCILASO ¿Qué esconde su descripción?

El VIRACOCHA de GARCILASO ¿Qué esconde su descripción?

Garcilaso escribe desde una profunda fractura interior. Es hijo de dos mundos: de la nobleza incaica por sangre materna y de la España cristiana por la paterna. Vive entre dos universos que intenta reconciliar y, en ese empeño, la descripción del dios Viracocha se desvanece entre las páginas de su obra, hasta adquirir un semblante distinto al que le otorgaron las antiguas tradiciones incaicas.
De la imaginación de Garcilaso brotan los Comentarios Reales de los Incas; pero reales, lo que se dice reales, son sobre todo sus filtros, sus nostalgias y sus reinterpretaciones del pasado religioso incaico.

Índice

1. Descripción de Viracocha según Garcilaso de la Vega en 1609

Con la descripción de Garcilaso sucede algo inesperado. El antiguo Hacedor del mundo se disipa. El dios que emergió del Titicaca, que caminó por los Andes y que, según otras tradiciones, ordenó el cosmos, pierde en los Comentarios Reales toda su dignidad de dios.
En su lugar aparece una figura nebulosa, una presencia incierta, casi espectral, que se manifiesta ante un príncipe inca poco antes de la guerra contra los Chancas.
Viracocha ya no aparece como el dios Hacedor. Es una fantasma.

Pero esta transformación no se limita a una simple descripción. Garcilaso cuestiona que Viracocha haya sido la deidad principal de los incas, atribuye su exaltación a una supuesta adulación de los indígenas hacia los españoles y, finalmente, traslada a Pachacámac buena parte de los atributos que otros testimonios habían conferido al antiguo Hacedor.
Por eso, la descripción de Garcilaso presenta algo más profundo que una diferencia entre cronistas. Ante nosotros aparece un Viracocha transformado: primero reducido a una aparición; después despojado de su dimensión religiosa; y finalmente relegado del panteón de dioses incaicos mientras Pachacámac ocupa su lugar.
Es en esa transformación donde comienza el verdadero problema.

1.1.Viracocha no es dios incaico: es «una fantasma»

Dice Garcilaso:

«Este es el dios fantástico Viracocha que algunos historiadores dizen que los indios tuvieron por dios principal y de mayor veneración que el sol… Lo cierto es que no tuvieron dios más principal que el sol (sino fue Pachacámac, dios no conocido)…». Garcilaso de la Vega, I. (1985: Libro V, cap. XXI, 199).

La afirmación es contundente. Garcilaso niega que Viracocha haya sido la principal deidad de los incas y cuestiona que hubiera ocupado el lugar que otros testimonios le atribuyen.

Pero va todavía más lejos. Afirma que la exaltación de Viracocha fue consecuencia de una supuesta adulación de los indígenas hacia los españoles:

«[…] siendo falsa relación y adulación que los indios hacen, por lisonjearlos, diciendo que les dieron el nombre de su más principal dios […]». Garcilaso de la Vega, I. (1985: Libro V, cap. XXI, 199).

Según Garcilaso, los indígenas habrían identificado a los españoles con aquel misterioso Viracocha y, movidos por la admiración, el temor o la confusión, les otorgaron ese nombre.
El resultado es extraordinario. El antiguo Hacedor del mundo queda reducido a una aparición.
El dios que otros cronistas presentan como creador del cielo, de la tierra y de los hombres; el dios que surgió del Titicaca y caminó por los Andes hasta desaparecer en el océano Pacífico, termina convertido en una figura espectral, en una sombra del pasado.
Ya no es el Hacedor.
Ya no es el ordenador del cosmos.
Ahora es, simplemente: «una fantasma».
Y así, una vez más, Viracocha cambia de rostro.
Ya no es el sacerdote de Betanzos.
Ya no es el apóstol de Cieza de León.
Ya no es el demonio de Sarmiento.
Ya no es el dios teologizado de Molina ni el padre acompañado de sus hijos.
Ahora es una visión. Una presencia evanescente. Una sombra que se diluye lentamente en las páginas de los Comentarios Reales.
Pero aquí surge una pregunta inevitable: ¿estamos escuchando la voz de la antigua tradición incaica o la reinterpretación de un Inca escritor formado bajo el humanismo cristiano del siglo XVI?

1.2. Mientras Viracocha desaparece, Pachacámac ocupa su lugar

Garcilaso no escribe desde la ignorancia. Su operación es mucho más sutil. Selecciona, jerarquiza y reorganiza las tradiciones que recibe. Es un arquitecto del recuerdo. Sabe cuáles preservar y cuáles relegar al silencio.
Conoce las noticias transmitidas por Pedro Cieza de León y José de Acosta, ambos vinculados a testimonios que presentan a Viracocha como una antigua deidad creadora y objeto de gran veneración entre los incas. Sin embargo, Garcilaso se distancia de esas interpretaciones y las somete a crítica.

Cuando una tradición no coincide con su propia interpretación, recurre con frecuencia a errores de traducción, a una deficiente comprensión del quechua o a relatos deformados por intérpretes y traductores intermediarios.
¿Y qué surge de esa operación?
Un Viracocha despojado de todos los elementos que lo vinculan con su antigua dimensión religiosa: sin Titicaca, sin paqarina o lugar de origen, sin familia divina, sin dimensión cósmica, sin templo y sin el culto que otros testimonios le atribuyen.
Pero entonces ocurre algo todavía más sorprendente.
Mientras Viracocha se difumina, emerge Pachacámac.
Garcilaso traduce su nombre como «Hacedor y sustentador del universo» y lo sitúa en el horizonte religioso de los incas como expresión de un conocimiento natural de un creador supremo.
Escribe:

«Es de saber que… los Incas Reyes del Perú, con lumbre natural que Dios les dio, alcanzaron que havía un Hazedor de todas las cosas, al cual llamaron Pachacámac…». Garcilaso de la Vega, I. (1985: Libro VI, cap. XXX, 258).

La operación intelectual resulta notable. Mientras Viracocha es despojado de su antigua condición de gran deidad y reducido a una presencia espectral, Pachacámac asciende y ocupa el espacio del gran Hacedor.
El dios lacustre, el que surgió del Titicaca y desapareció en el océano Pacífico, queda relegado a una memoria difusa.

En su lugar aparece Pachacámac, revestido de atributos que aproximan su significado a la sensibilidad teológica del siglo XVI.
Aquí la cuestión lingüística adquiere especial importancia. La semántica de kamay, vinculada a «animar» o «dar vida», y los testimonios míticos del Manuscrito de Huarochirí donde la Tierra o Pacha posee voluntad y capacidad de actuar —hasta el punto de destruir el mundo moviendo su rostro—, permiten interpretar a Pachacámac como la fuerza que mueve la tierra o como la Tierra viviente, antes que como un simple «Hacedor del mundo» en sentido cristiano.
Por ello, no se trata solamente de preguntar qué dijo Garcilaso. Hay que preguntarse también qué significado adquirieron las antiguas divinidades al pasar por su interpretación.

1.3. Garcilaso: arquitecto del recuerdo incaico

 

Garcilaso no destruye a Viracocha de manera explícita. Hace algo más sutil: lo transforma.
Selecciona los testimonios que considera válidos, cuestiona otros, modifica significados y reorganiza el paisaje religioso que presenta al lector. De esa operación surge una imagen distinta de la antigua religión incaica.
No deja de sorprender su afirmación:

«Toda la teología de los Incas se encerró en el nombre de Pachacámac». Garcilaso de la Vega, I. (1985: Libro II, cap. XXV, 85).

La frase resulta reveladora.
Si toda la teología de los incas se encerraba en Pachacámac, ¿qué lugar quedaba entonces para Viracocha?
El resultado es un nuevo paisaje religioso: el Sol ocupa el lugar central del Mundo Alto; Pachacámac es investido con los atributos del gran creador; mientras Viracocha se desvanece hasta convertirse en una reminiscencia lejana de la antigua tradición.

A Garcilaso no parece interesarle conservar intacta la antigua imagen de Viracocha. La reinterpreta y desplaza parte de sus atributos hacia Pachacámac. De este modo, la antigua tradición religiosa queda simplificada y reorganizada bajo nuevos significados.
¿Tiene razón Garcilaso?
Quizá sea más prudente formular la pregunta de otra manera: ¿estamos ante una descripción fiel del pensamiento religioso incaico o ante una brillante reconstrucción intelectual realizada por el Inca mestizo?
El Viracocha que emerge de los Comentarios Reales ya no es el antiguo Hacedor del Mundo Alto y Mundo Bajo incaico. Es una figura despojada de buena parte de su antigua grandeza, mientras Pachacámac asciende como imagen del gran creador.
Garcilaso no destruye al dios incaico: lo transforma, lo reinterpreta y finalmente lo difumina.
Y así, el antiguo dios caminante de los Andes termina convertido en una sombra de sí mismo.
¡Qué destino más literario y más cruel!

2. Reflexiones finales

Garcilaso no elimina completamente a Viracocha; lo transforma de manera radical. El antiguo Hacedor del mundo incaico deja de ocupar ese lugar y se convierte en una aparición particular, vinculada al príncipe Inca Viracocha y a un episodio de la historia de los incas. Mientras Viracocha se desvanece, su función creadora es desplazada hacia Pachacámac.
Según Garcilaso, los incas adoraban fundamentalmente dos divinidades: Pachacámac, como supremo dios invisible, y el Sol, como dios visible.
La separación que realiza entre Viracocha y el dios creador es especialmente tajante. No estamos, por tanto, ante una simple diferencia de relato entre cronistas. Lo que aparece es una verdadera reorganización del universo religioso incaico. Garcilaso selecciona, interpreta y jerarquiza las antiguas tradiciones para construir una determinada lectura del pensamiento religioso de los incas.
Y esa construcción tiene una finalidad intelectual claramente reconocible: presentar a los incas como un pueblo que, mediante la «lumbre natural» concedida por Dios, había alcanzado antes de la llegada del cristianismo la idea de un Dios supremo, invisible, creador y sustentador del universo.
¿Por qué Pachacámac debe ocupar ese lugar mientras Viracocha deja de ser el Hacedor?
Porque esa interpretación permite a Garcilaso presentar la religión de los incas como un conocimiento que, aunque todavía incompleto, habría alcanzado por la razón natural una noción próxima al Dios cristiano. Pachacámac puede así asumir los atributos del creador supremo, mientras Viracocha queda reducido a una aparición vinculada a la historia de un rey inca.
Garcilaso, por tanto, no solamente ofrece otra interpretación de Viracocha. Reordena la relación entre las principales divinidades y modifica el lugar que cada una ocupa dentro del pensamiento religioso incaico.
El Viracocha de los Comentarios Reales ya no es exactamente el mismo Viracocha que encontramos en otros testimonios. El antiguo Hacedor del mundo se ha convertido en una sombra, mientras Pachacámac asciende como imagen del Dios supremo.
La contradicción entre estas versiones no es un detalle menor. Nos obliga a preguntarnos cuánto de lo que los cronistas presentan como religión incaica corresponde a la antigua tradición y cuánto pertenece a la interpretación, traducción y reconstrucción intelectual de quienes escribieron sobre ella.
Garcilaso no solamente describe a Viracocha: construye una nueva imagen de él.
Nos vemos en el siguiente post de Pachacuti Yamqui.

3. Referencias

Garcilaso de la Vega, I. (1985). Comentarios Reales de los Incas. (Banco de Crédito del Perú, Ed.) Lima, Perú.

Sáenz, O. (2021). El mito de Viracocha. (1ra. ed.) Lima, Perú.

VIRACOCHA según CRISTÓBAL DE MOLINA ¿Cómo lo describió?

VIRACOCHA según CRISTÓBAL DE MOLINA ¿Cómo lo describió?

Su descripción de Viracocha merece una atención particular. Como sacerdote formado en la tradición cristiana del siglo XVI, no solo registró lo que escuchó: selecciona, organiza y explica aquello que encuentra en la tradición indígena. Por ello, su testimonio debería aproximarnos a la imagen de Viracocha transmitida en el Cuzco, pero también plantea una cuestión fundamental: ¿hasta qué punto describe la concepción incaica de Viracocha y cuánto pertenece a la interpretación de él?
Cristóbal de Molina, conocido como «el Cuzqueño», fue un sacerdote secular nacido en Baeza, Andalucía, que ejerció su ministerio en el Cuzco durante el siglo XVI donde aprendió el quechua. Hacia 1573, por encargo del obispo Sebastián de Lartaún, escribió su Relación de las fábulas y ritos de los Incas, una de las fuentes más importantes para conocer las creencias religiosas del Tawantinsuyo.

Índice

1. Descripción de Viracocha según Cristóbal de Molina en 1573

Cristóbal de Molina, dominaba el runa simi o la lengua quechua y tuvo contacto con sabios, ancianos y antiguos servidores de Huayna Cápac, Huáscar y Manco Inca Yupanqui. Ambos elementos hicieron de su testimonio una fuente de particular importancia para conocer la religión incaica.

Sin embargo, cuando Molina describe a Viracocha, encontramos a lo largo del relato distintos términos inusuales, extraños al Hacedor, a sus atributos, a sus hijos y a la manera en que dio origen a las naciones y a los seres andinos.

Estas descripciones, por el lenguaje utilizado, plantean una dificultad: las palabras con las que lo detalla son de un universo conceptual que no corresponde con el lenguaje religioso incaico.

¿Estamos, entonces, ante una traducción de lo que los incas decían sobre Viracocha o ante una interpretación realizada por un sacerdote del siglo XVI?

Para aproximarnos a esta cuestión es necesario escuchar al propio Molina y examinar, una a una, las distintas descripciones que dejó sobre Viracocha. En ellas encontraremos palabras que transforman el modo en que la deidad incaica llega hasta nosotros.

1.1.Viracocha: el Hacedor incomprensible

Molina escribe:

«[…] el Hacedor, a quien en lengua de estos le llaman Pacha Yachachic, y por otro nombre Tecsi Viracocha, que quiere decir incomprensible dios». Molina, C. (1573/1947: párr. 017002).

¿«Incomprensible»?
¿Dónde se encuentra ese concepto en el pensamiento religioso incaico? ¿En qué palabra quechua se expresa la idea de un dios inaccesible e imposible de comprender?
Difícilmente la hallaremos.
El término «incomprensible» proviene del latín incomprehensibilis y fue utilizado por la escolástica cristiana para referirse a la naturaleza inescrutable de Dios, un ser cuya esencia supera la capacidad de entendimiento humano. El lenguaje pertenece a los monasterios y a las aulas de teología; no a las montañas sagradas del Tawantinsuyo.
Viracocha es interpretado con una voz ajena a su lengua original. Su descripción no parte del significado propio de la lengua quechua, sino de conceptos derivados de la religión cristiana. El dios incaico ya no es presentado desde su propio universo religioso, sino desde una palabra del latín y un concepto disponible para un sacerdote del siglo XVI.

1.2. Tres descripciones de Viracocha 

Pero Molina no se detuvo allí. En otro pasaje afirma:

«[…] Tenían también estos indios, y por muy cierto y averiguado, que el Hacedor ni sus hijos no fueron nacidos de mujer, y que eran inconmutables, y que tampoco habían de tener fin». Molina, C. (1573/1947).

La cita contiene tres descripciones de Viracocha, examinémoslas:
¿»Hijos no fueron nacidos de mujer»?
Esta afirmación contiene un detalle de enorme importancia: Molina no menciona únicamente a Viracocha. Habla también de «sus hijos».
Viracocha no aparece, por tanto, como una deidad aislada. La tradición conservada por Molina recuerda al Hacedor acompañado por otros seres divinos vinculados a él. Posee una familia divina, tiene hijos. Es una familia sagrada.

Pero, una vez más, la descripción se expresa con conceptos que proceder de la teología cristiana: seres que son «inconmutables» y que no han de tener fin.
¿»Inconmutables»?
Palabra cuya raíz es el latín: incommutabĭlis. ¿Acaso es una voz del vocabulario quechua? ¿Necesitaban los incas tales voces para entender a Viracocha?
Definitivamente no.
También expresa que Viracocha y sus hijos:
¿“tampoco habían de tener fin”?
¿Indica acaso una existencia perpetua? ¿Viracocha y sus hijos poseían el don de la inmortalidad y la trascendencia eterna? Nuevamente el padre Molina se expresa con términos vinculados a la religión que profesa.
Si bien Molina no escribe la palabra inmortalidad voz que proviene del latín immortalitas. Es «la cualidad de no ser mortal» o la incapacidad de morir, y que nosotros interpretamos cuando expresa que los Viracochas “tampoco habían de tener fin”.
Tal concepción no forma parte del pensamiento incaico ni existe en el vocabulario quechua.

1.3. Viracocha da «ánima» a la gente creada

En otro momento de su relato, Molina describe la acción creadora del Hacedor:

«Y acabado de pintar y hacer las dichas naciones y bultos de barro, dio ser y ánima a cada uno por sí, así a los hombres como a las mujeres […]». Molina, C. (1573/1947: párr. 021010).

Nuevamente aparece una palabra que merece detener nuestra atención: «ánima».
Molina utiliza este término para explicar aquello que el Hacedor concede a los seres que ha creado. Pero ¿pertenece esta palabra al universo conceptual con el que los incas comprendían la vida, el ser humano y su relación con lo sagrado?
El término «ánima» procede del latín y quedó profundamente incorporado al vocabulario religioso cristiano. Dentro de la tradición teológica europea, designaba el alma o principio espiritual del ser humano.

Por ello, su utilización por Molina vuelve a plantear el mismo problema: no estamos necesariamente ante una traducción literal de una voz quechua, sino ante la elección de una palabra para explicar el acto creativo de Viracocha mediante conceptos comprensibles para un sacerdote y para sus lectores europeos.
No resulta casual que el término aparezca en el vocabulario de Diego González Holguín. En el contexto de la evangelización, diversos conceptos cristianos fueron incorporados al quechua para facilitar la enseñanza de la doctrina y hacer inteligibles para los indígenas las nociones de pecado, alma, salvación y vida eterna. Así, el antiguo lenguaje religioso incaico comenzó a expresar realidades nuevas mediante palabras y valores religiosos introducidos desde Europa.
Molina no solo traduce palabras; traduce universos religiosos.

1.4. Cuando Viracocha empieza a hablar en latín

Las expresiones «incomprensible», «inconmutable», «no nacido de mujer» y «ánima» forman parte de una misma problemática.
Los incas no explicaron a su dios Viracocha con la teología cristiana ni con el latín europeo. Su pensamiento religioso transmitió su religión a través de: mitos, ceremonias, invocaciones, relatos y prácticas rituales.
Molina, en cambio, expresó aquello que aprendió dentro del universo intelectual en el que había sido formado. Y es precisamente allí donde la descripción de Viracocha comienza a cambiar.
No se trata solamente de traducir una lengua a otra. Se trata de traducir una concepción religiosa a otra.
Ahora Viracocha habla en latín.
La pregunta, entonces, deja de ser únicamente qué dijo Molina sobre Viracocha. La verdadera cuestión es cuánto de la antigua concepción incaica sobrevivió después de pasar por su pluma.
Y quizá aquí se encuentre una de las mayores paradojas de la crónica: Molina quiso transmitir la memoria religiosa de los incas que describe al dios Viracocha, pero al hacerlo también dejó impresa la huella de su propia tradición religiosa.
Viracocha no desapareció.
Quedó allí, entre sus palabras, esperando que alguien volviera a reconocerlo.
¡Qué ironía!: el que acusaba a los incas de inventar fábulas, inventó una versión de Viracocha donde cada adjetivo que lo describe deriva del latín. ¿Acaso no era experto en el idioma quechua?
Cuando Molina recurre a estas voces al describir a la deidad incaica, no lo hace con ingenio ni por accidente. Su educación en el claustro cristiano, no traduce: transforma. Y esa transformación, obedece a una intención de distorsionar la imagen de Viracocha pasando por encima al idioma quechua. En este caso, el protagonista no es Viracocha…es la crónica como instrumento de distorsión.

2. Reflexiones finales

Cristóbal de Molina conocía el quechua y tuvo acceso a personas que conservaban la memoria de la antigua religión incaica. Su testimonio, por ello, constituye una fuente de gran importancia. Pero conocer una lengua no significa necesariamente comprender y transmitir intacto el universo religioso que esa lengua expresa.
Al describir a Viracocha, utiliza conceptos como «incomprensible», «inconmutable» y «ánima», términos que trasladan la imagen del Hacedor hacia la Teología propia de la tradición católica. No estamos solamente ante una traducción de palabras quechuas al castellano. Estamos ante una modificación de la descripción original andina de Viracocha para hacerla encajar en el molde cristiano.
Sin embargo, en medio de esa transformación aparece un elemento que resulta particularmente revelador: Molina afirma que el Hacedor tenía hijos. Esa referencia difícilmente puede considerarse un detalle menor. Detrás de la formulación cristianizada de su relato perdura el recuerdo de una familia divina en la que Viracocha no se encontraba completamente aislado, sino relacionado con otros seres sagrados.
Esta es, quizá, una paradoja de la obra de Molina. Su lenguaje modifica la forma en que Viracocha llega hasta nosotros, pero al mismo tiempo conserva fragmentos de una tradición que no logró desaparecer bajo la interpretación cristiana.
Molina no borró a Viracocha. Lo cubrió con los términos religiosos de su tiempo.
Por eso, leer su crónica exige algo más que aceptar sus palabras como una descripción transparente del Viracocha incaico. Es necesario distinguir entre aquello que pudo proceder de la memoria indígena y aquello que pertenece a la interpretación del sacerdote que la puso por escrito.
Entre ambas capas permanece Viracocha: cuya imagen fue reinterpretada, pero cuya presencia todavía puede reconocerse entre las líneas de la crónica.
La tarea consiste precisamente en separar esas capas.
Solo entonces podremos comenzar a preguntarnos quién era realmente Viracocha antes de que otros hablaran por él.
Nos vemos en el siguiente post con el Inca Garcilaso de la Vega.

3. Referencias

De Molina, C. (1573/1947). Ritos y Fábulas de los incas. Obtenido de: https://es.scribd.com/document/50568715/MOLINA-Cristobal-de-del-Cuzco-1573-1947-ritos-y-fabulas-de-los-incas.

Sáenz, O. (2021). El mito de Viracocha. (1ra. ed.) Lima, Perú.

El VIRACOCHA de SARMIENTO DE GAMBOA: una IMAGEN llena de CONTRADICCIONES

El VIRACOCHA de SARMIENTO DE GAMBOA: una IMAGEN llena de CONTRADICCIONES

Pedro Sarmiento de Gamboa fue uno de los cronistas que dejó una descripción de Viracocha en el contexto de la gran reorganización virreinal impulsada por el virrey Toledo. Fue soldado, navegante y hombre vinculado al proyecto político de la Corona española, escribió su Historia Índica desde una perspectiva muy distinta a la de otros cronistas.
En su obra, los incas aparecen como tiranos, sus creencias religiosas como idolatrías y sus dioses bajo una interpretación cristiana vinculada al demonio. Esta mirada no es un detalle secundario: condiciona necesariamente la forma en que Sarmiento presenta las antiguas creencias del Tawantinsuyo.
Y aquí surge la pregunta que interesa a esta investigación:
¿Cómo describió Sarmiento de Gamboa a Viracocha?
¿Presentó al dios que los incas recordaban o construyó una imagen de Viracocha desde la perspectiva religiosa y política de su tiempo?
La respuesta se encuentra en su propia Historia Índica.

Índice

1. Viracocha descrito por Pedro Sarmiento de Gamboa en 1572

Pedro Sarmiento de Gamboa describe a Viracocha de una manera distinta a los cronistas que lo precedieron. En su Historia Índica, escrita en 1572, la imagen de esta antigua deidad aparece atravesada por una mirada religiosa profundamente cristiana.
Sarmiento no ofrece una única descripción de Viracocha. A lo largo de su relato presenta distintas imágenes del dios: primero lo identifica con el demonio; después conserva la memoria de Viracocha como Hacedor del universo; más adelante describe su aspecto físico con rasgos claramente occidentalizados; y finalmente narra episodios de su vida en los que aparecen elementos reconocibles dentro del imaginario cristiano.
Estas descripciones resultan especialmente reveladoras porque permiten observar cómo una misma deidad puede ser transformada por quien la interpreta.
¿Quién fue el Viracocha que Sarmiento de Gamboa dejó escrito en 1572?
Para responder a esta pregunta, conviene examinar por separado cada una de las imágenes que el cronista construyó sobre el antiguo Hacedor de los incas.

1.1.Viracocha: de Hacedor a demonio

Desde las primeras páginas de su crónica, Sarmiento coloca a Viracocha en el banquillo de los acusados. No lo vistió de apóstol, como Cieza. No lo transformó en sacerdote, como Betanzos. Fue más lejos: lo condenó.
Para Sarmiento, Viracocha no era una deidad incaica. Era el propio demonio:

“Y como el demonio [Viracocha], que siempre procura el daño del linaje humano […] les introdujo muchas ilusiones, mentiras y fraudes, haciéndoles entender que él los había criado al principio […]”. De Sarmiento, P. (1965 [1572]: párr. 206073).

El dios Hacedor y su creación, que los incas consideran sagrado, queda así reducido a una entidad demoníaca.

El dios Viracocha deja de ser, para Sarmiento, una forma legítima de comprender el universo incaico. Ahora es pecado. Ahora es error. Ahora es obra del enemigo de Dios. Viracocha queda sometido al tribunal de la fe cristiana.
Según Sarmiento, los incas conservaban de sus antepasados la tradición lejana de una antigua verdad. Sin embargo, aquella memoria habría llegado hasta ellos deformada y mezclada con invenciones indígenas y relatos demoníacos. Por ello afirma:

“Y como por ventura antes tenían alguna noticia… de la verdad de lo pasado […] y con otras cosas que ellos mudarían, compondrían y añadirían […]”. De Sarmiento, P. (1965 [1572]: párr. 206073).

Así, la religión incaica aparece como el vestigio distorsionado de una verdad primigenia, adulterada por el demonio —identificado por Sarmiento con Viracocha— y enriquecida con relatos añadidos con el transcurso del tiempo.
Por eso concluye que los incas elaboraron una “ensalada graciosa”: una mezcla de recuerdos, errores y fábulas, curiosa para el estudioso, pero incapaz de contener la verdad.

Viracocha ya no es presentado como un dios incaico. Es el demonio creador de una tradición mezclada. La religión de los incas queda subordinada así a una lectura providencial cristiana.

1.2. Viracocha: el Hacedor antes del Sol, la Luna y las estrellas

Sin embargo, la pluma que momentos antes condenaba al demonio Viracocha termina preservando parte de su grandeza.
Sarmiento introduce un giro inesperado. Por un instante, aflora en su relato una tradición mucho más cercana a la antigua memoria indígena:

“Dicen los naturales de esta tierra, que en el principio, o antes que el mundo fuese criado, hubo uno que llamaban Viracocha…”. De Sarmiento, P. (1965 [1572]: párr. 207017).

Aquí Viracocha ya no aparece como una ilusión demoníaca. Se presenta como el Hacedor del universo, una deidad primordial que existía antes del Sol, la Luna y las estrellas.
Y Sarmiento continúa:

“…el cual crió el mundo oscuro y sin sol ni luna ni estrellas; y por esta creación le llamaron Viracocha Pachayachachi, que quiere decir Criador de todas las cosas”. De Sarmiento, P. (1965 [1572]: párr. 207017).

El cambio de tono es notable. El cronista conserva la antigua memoria de un dios creador que emerge en el tiempo primordial, cuando el mundo todavía permanecía sumido en la oscuridad.
Este pasaje deja entrever algo fundamental: en la tradición que Sarmiento recoge, Viracocha precede al orden cósmico actual. Su existencia es anterior al nacimiento de los astros y su primera acción es la creación del mundo andino.
Por ello surge una reflexión inevitable: en su afán por desacreditar el mito de Viracocha, Sarmiento terminó conservando algunos de sus fragmentos más antiguos.
La memoria indígena, aun filtrada por la tinta virreinal, continúa hablando entre líneas.

1.3. Viracocha: blanco, vestido de blanco, con báculo y libro

Repentinamente, Sarmiento vuelve a describir a Viracocha. Pero ahora la imagen del Hacedor adquiere rasgos completamente distintos:

“Sea de una manera o de otra, que en fin todos concuerdan en que la creación de estas gentes la hizo el dicho Viracocha, el cual tienen noticia que fue un hombre de mediana estatura, blanco y vestido de una ropa blanca a manera de alba ceñida por el cuerpo y traía un báculo y un libro en las manos”. De Sarmiento, P. (1965 [1572]: párr. 209072).

La descripción resulta reveladora. Viracocha aparece como un hombre blanco, vestido con “una prenda blanca a manera de alba”, llevando un báculo y un libro en las manos.
La imagen del antiguo Hacedor ha adquirido así una apariencia claramente occidentalizada.

No estamos ante la misma figura primordial que Sarmiento acaba de presentar como creador del mundo oscuro, anterior al Sol, la Luna y las estrellas. Ahora Viracocha aparece revestido de elementos reconocibles dentro del universo religioso europeo.
La descripción occidentalizada de Viracocha parece convertirse así en un espejismo: una antigua deidad reinterpretada bajo categorías cristianas.
Pero Sarmiento todavía va más lejos. No solo transforma el aspecto de Viracocha. También transforma sus acciones.

1.4. Viracocha en Cacha: una escena cristianizada

Tras la creación del mundo, Viracocha abandona el lago Titicaca y se dirige hacia Cacha. Allí, los indígenas, extrañados por su aspecto y su manera de proceder, deciden darle muerte.
Sarmiento escribe:

“…murmuraron de él y propusieron de lo matar…”. De Sarmiento, P. (1965 [1572]: párr. 209080).

Entonces ocurre el prodigio. Viracocha se arrodilla, levanta las manos y el rostro hacia el cielo, e inmediatamente desciende fuego de lo alto, consumiendo el cerro, la tierra y las piedras.

La escena resulta sorprendente. El antiguo Hacedor aparece en una actitud profundamente familiar al imaginario cristiano: de rodillas, con las manos elevadas al cielo e invocando un poder superior.
El relato vuelve a adquirir así una fisonomía religiosa europea. Viracocha, creador del universo y figura primordial de la tradición incaica, aparece ahora como un personaje que recuerda al profeta bíblico o al santo perseguido.
Una vez más, el relato indígena es reinterpretado mediante nociones religiosas europeas. Sobre la imagen de Viracocha se superpone una escenografía espiritual que difícilmente puede separarse de la mirada cristiana del cronista.
Los matices se acumulan.
¿Es Viracocha un demonio? ¿Es el Hacedor? ¿Es un creador incaico? ¿O es un personaje cristianizado por la mirada de Sarmiento?
La respuesta parece encontrarse precisamente en la contradicción de sus propias descripciones.

1.5. Viracocha abandona el mundo caminando sobre el mar

Y llega el gran final del relato de Sarmiento.
Viracocha abandona el mundo caminando sobre el mar, acompañado de sus criados, sin hundirse, flotando sobre las aguas como “espuma” o como “grasa” sobre las aguas.

¡Qué extraordinaria transformación!
El Hacedor de los incas termina convertido en una figura que recuerda más a un personaje bíblico que a una antigua deidad incaica.
Sarmiento no se limita a transmitir una tradición. La interpreta desde las categorías religiosas de su propio tiempo. El Viracocha creador, el Hacedor primordial, queda envuelto en imágenes que para un lector cristiano resultan familiares.
Y así, la figura de Viracocha vuelve a cambiar ante nuestros ojos:
Primero fue demonio. Después, Hacedor del universo. Luego, un hombre blanco vestido de blanco, con báculo y libro. Más tarde, un personaje arrodillado que invoca el fuego mirando al cielo. Finalmente, abandona el mundo caminando sobre las aguas.
Son demasiadas imágenes para un solo dios.
Pero precisamente esa diversidad es la que hace excepcional el testimonio de Sarmiento.

2. Reflexiones finales

Sarmiento termina su relato con una frase que resume perfectamente la distancia entre sus creencias y la descripción de Viracocha que está narrando:

“Esta fábula ridícula tienen estos barbaros de su creación y afírmanla y créenla, como si realmente así la vieran ser y pasar”. De Sarmiento, P. (1965 [1572]: párr. 210050).

Para Sarmiento, aquella tradición era una fábula ridícula. Sin embargo, su intento de desacreditar a Viracocha produjo un resultado inesperado: lo hizo sobrevivir en sus propias páginas.
Al relatar sus atributos, sus acciones y sus hazañas, Sarmiento conservó fragmentos de una tradición que pretendía someter a la condena de su propia fe. Su censura terminó convirtiéndose, sin proponérselo, en archivo.
La imagen es perfectamente compatible con la representación de un predicador cristiano, apóstol o personaje sagrado para un lector del siglo XVI. Sarmiento cristianizó la imagen de Viracocha, pero al hacerlo también preservó parte de ella. Su pluma lo traicionó: escribió demasiado.
Llamó al dios incaico demonio, fábula y superstición; sin embargo, en cada intento por desacreditarlo dejó nuevas huellas de su memoria.
Porque un dios no desaparece por decreto ni por la voluntad de un cronista.
Viracocha sobrevivió a la condena cristiana y a la tinta virreinal. Permanece oculto entre las líneas de aquellas mismas páginas que intentaron desfigurarlo.
Y así, el antiguo Hacedor continúa caminando: sobre el mar de la tradición y sobre las páginas de la historia.
Nos vemos en el post de Cristóbal de Molina el Cuzqueño.

3. Referencias

De Sarmiento, P. de. (1572/1965). Historia de los incas. (Segunda parte de la Historia general llamada Indica). Obtenido de: https://es. Scribd. com/document/50568767/SARMIENTO-DE-GAMBOA-Pedro-1572-1965-Historia-de-los-incas-Segunda-parte-de-la-Historia-Ge neral-Llamada-Indica

Sáenz, O. (2021). El mito de Viracocha. (1ra. ed.) Lima, Perú.

VIRACOCHA según TITU CUSI YUPANQUI ¿Cómo RECUERDA a su dios?

VIRACOCHA según TITU CUSI YUPANQUI ¿Cómo RECUERDA a su dios?

Cuando Titu Cusi Yupanqui habla de Viracocha, algo cambia. No es el relato de un cronista que recoge noticias del pasado: es la memoria de un rey que vivió uno de los hitos más dramáticos de la historia del Tahuantinsuyo.
Presenció la caída del mundo incaico y escuchó de boca de los suyos, narraciones sobre sus dioses, sus antepasados y sus orígenes. Por eso, cuando evoca a Viracocha, sus palabras adquieren un significado especial.
¿Quién era realmente ese dios Viracocha que los incas veneraban? ¿Cómo lo recuerda un rey que aún conserva la memoria de aquel mundo?
Su testimonio nos conduce por un camino incomparable al de otros cronistas como Juan de Betanzos o Cieza de León. Y precisamente allí aparece el misterio: la imagen de Viracocha que transmite no coincide con la que hemos construido a partir de otras fuentes.
Leerlo es entrar en el pensamiento de un rey que rememora siempre a Viracocha.

Índice

1. La última voz del Tawantinsuyo

No es nuestro deseo abultar este post ni hacerlo denso. Primero debemos saber quién fue Titu Cusi Yupanqui, qué representó y por qué su recuerdo de Viracocha resulta tan significativo.
¡He aquí a un rey incaico sin trono, un príncipe secuestrado por el invasor y marcado por la muerte de su padre!
No fue un cronista. Fue la voz agonizante del Tawantinsuyo. No expresó su testimonio desde algún palacio del Cuzco. Lo hizo desde la espesura de la selva en Vilcabamba, el último refugio de la resistencia incaica.
Tras el asesinato de su padre ocurrido en 1544, Manco Inca Yupanqui fue ungido como 15avo rey. Vilcabamba se convirtió en el último bastión independiente de los incas.

Desde aquella selva montañosa, gobernó un reino sitiado, defendió no solo un territorio, sino también la memoria, la religión y la identidad de su pueblo.
Sus palabras, poseen un valor excepcional. No habla desde la gloria de un imperio triunfante. Habla desde el dolor de una civilización herida. Desde el exilio. Desde la resistencia. Es la última voz del mundo incaico que aún se negaba a desaparecer.

Titu Cusi es el hijo del rey incaico Manco Inca Yupanqui, nieto del rey Huayna Cápac, hermano de Huáscar, Atahuallpa y Túpac Huallpa todos monarcas del Tawantinsuyo. No es el imperio en su apogeo, es el imperio herido de muerte. Titu carga el pasado, pero camina a lo desconocido y lo acompaña su dios Viracocha.

2. El único testimonio de un rey incaico

Para la Corona española, representada en el Perú por el gobernador provisional Lope García de Castro, era estratégico evitar una guerra costosa en esa región difícil. Las entrevistas formales comenzaron hacia 1565, impulsadas por el deseo español de pacificar sin guerra Vilcabamba y la necesidad de Titu Cusi de estabilizar su posición política.
La voz de Titu Cusi llega hasta nosotros atravesando cuatro filtros: el rey que recuerda, el intérprete que traduce, el fraile que escucha y el escribano que escribe.
Diego Rodríguez de Figueroa: principal emisario diplomático de Lope García de Castro y uno de los negociadores más importantes en las conversaciones con Vilcabamba.
Fray Marcos García: misionero agustino y facilitador religioso y receptor y traductor de la declaración de Titu Cusi.
Martín de Pando: secretario mestizo, intérprete y escribano que dio forma escrita y oficial al testimonio de Titu Cusi, consignando las declaraciones transmitidas por fray Marcos García.
Juan de Betanzos: cronista y conocedor de la nobleza incaica, favoreció las negociaciones y actuó como intermediario cultural entre ambas partes.
Los españoles no convocaron a Titu Cusi al Cuzco. Fueron ellos quienes penetraron en la selva de Vilcabamba para dialogar con él. El intercambio se desarrolló en territorio de Vilcabamba, incluyendo Vitcos, su principal residencia.
Este hecho demuestra que el rey de Vilcabamba aún conservaba autonomía política y capacidad de negociación. Aunque el estado de Vilcabamba se encontraba aislado, Titu Cusi seguía siendo un soberano de facto, capaz de imponer las condiciones iniciales del diálogo y de negociar desde una posición de relativa fuerza.
La sumisión de Titu Cusi se plasmó en la Instrucción al Licenciado Lope García de Castro. Testimonio histórico de extraordinario valor, es la única declaración conocida dictada por un rey inca y llegada hasta nosotros.
El acuerdo se formalizó el 24 de agosto de 1566 en Acobamba, en las proximidades de los límites de Vilcabamba. La Instrucción no es una carta política ni un acto de obediencia. Es el primer testimonio escrito de los vencidos. En sus páginas habla un inca que contempla el derrumbe de su mundo, que justifica la resistencia de su padre y preserva la memoria de su pueblo.
No significó una rendición absoluta. Titu Cusi ejerció un control efectivo sobre Vilcabamba y siguió como soberano de facto.

3. La descripción de Viracocha según Titu Cusi Yupanqui (1570)

¿Y cuál es la relación de lo anterior con el dios Viracocha?
La Instrucción de Titu Cusi Yupanqui nos ofrece una perspectiva singular sobre Viracocha. No se detiene en su aspecto físico, pero sí revela su poder, su significado religioso y el lugar que ocupa en la memoria de un rey inca. Veamos qué dice realmente su testimonio.

3.1. El regreso de Viracocha: cuando el mito se encuentra con la historia

Según refiere Titu Cusi Yupanqui, cuando las noticias sobre el arribo de los españoles se difundieron por el Tawantinsuyo, muchos indígenas creyeron reconocer en aquellos hombres extraños el retorno de Viracocha o de seres vinculados a él. La asociación no es arbitraria: la deidad había desaparecido por el océano Pacífico y, siglos después, hombres extraños aparecen precisamente por el mismo horizonte marítimo.
Titu Cusi lo sabía. Lo vio. Lo sintió en carne viva.
Titu Cusi no busca perdón ni gloria. Testifica para dejar memoria. Intenta explicar cómo los hombres del Tawantinsuyo interpretaron el arribo español a la luz de su antiguo mito. Aquellos seres extraños, surgidos precisamente por el mar donde se había perdido Viracocha, fueron identificados por los indígenas como Viracochas.
Es el instante en que el mito de Viracocha se encuentra con la historia y termina convirtiéndose en tragedia.

¡Amarga paradoja! El mismo mito que dio sentido al mundo incaico contribuyó a interpretar erróneamente el suceso más trascendental de su historia. Los incas no supieron leer el eclipse que se avecinaba. Lo que parecía el cumplimiento de una promesa divina se convirtió en amenaza y tragedia histórica.

3.2. Viracocha, el Hacedor: un dios que ordena el mundo

Cuando Titu Cusi presenta a Viracocha como una deidad con poder cósmico, aparece ante nosotros un dios capaz de allanar cerros, secar las aguas y levantar montañas donde antes no existían.
No predica sermones ni cura enfermos con mansedumbre evangélica. Ordena el mundo. Transforma la geografía. Modela el paisaje.
Estamos ante un dios creador cuya voluntad se manifiesta sobre la naturaleza misma. Viracocha aparece como una fuerza primordial capaz de reorganizar el espacio y dar forma al universo.
A diferencia de Cieza o Betanzos, que reinterpretan a Viracocha a través de valores cristianos ajenos al universo espiritual de los incas, Titu Cusi no lo convierte en un apóstol incaico. Lo invoca como una deidad viva dentro de la memoria de su pueblo.

Existe, además, un hecho sorprendente en la Instrucción de Titu Cusi. A lo largo de su testimonio, el inca menciona reiteradamente a Viracocha. Sin embargo, el gran ausente es el Inti.
El Sol, la deidad que la historiografía tradicional ha presentado como centro absoluto de la religión incaica, aparece eclipsado o reducido a un papel secundario. No encontramos aquí al dios solar que tantas veces describieron los cronistas. Si permanece Viracocha: el Hacedor, el Caminante, el Ordenador del mundo.
Este silencio resulta revelador. Si un rey inca del siglo XVI, heredero de la memoria dinástica del Tawantinsuyo, invoca una y otra vez a Viracocha y no concede protagonismo al Sol, quizá debamos preguntarnos si la religión incaica fue realmente tan solar como durante siglos se nos ha hecho creer.
En el testimonio de Titu Cusi, el Inti se halla eclipsado. Y en esa penumbra reaparece la antigua figura del dios Hacedor.
El mismo dios que caminó por el mar… y cuyo recuerdo aún seguía vivo en la memoria de los vencidos.

3.3. Titu Cusi: Viracocha como memoria y resistencia

Diecinueve veces pronuncia su nombre. Diecinueve veces llama a Viracocha desde las ruinas del Imperio. Y mientras el Sol se desvanece entre las sombras de la historia, el antiguo Hacedor retorna, vuelve a levantarse.

El manuscrito es una exquisita fuente para estudiar a Viracocha. Es, además, un documento que expresa la presencia de Viracocha en el pensamiento de un rey inca, un escrito genuino incaico al que poca importancia se ha atribuido.
Es el epitafio de una civilización.
Y, aun así, deja en claro que los incas no fueron ingenuos: fueron fieles a Viracocha y a su religión. Y esa fidelidad les costó la historia. Les costó la destrucción de su cultura y la ruina de sus creencias religiosas y sus templos.
Titu Cusi no dejó un retrato físico de Viracocha. No dijo si era blanco, barbado o vestido como sacerdote. Nos legó algo más valioso: reveló el lugar que la deidad ocupaba en la memoria de los incas.
Mientras algunos cronistas transformaron a Viracocha en un apóstol o en una figura cercana al imaginario cristiano, el penúltimo rey de Vilcabamba lo recuerda simplemente como el Hacedor. Se aferra a lo único que aún permanece: su fe, su religión y la memoria de su dios.
En su Instrucción reaparece una dimensión que muchas crónicas silenciaron: la profundidad religiosa del pensamiento incaico y la persistencia de su antigua divinidad.
Titu no describe a Viracocha; lo evoca, lo invoca, lo recuerda.
Y ese recuerdo resulta revelador. Cada mención de su nombre es un acto de resistencia contra el olvido y la afirmación de que la derrota política de los incas no significó la muerte de su dios.
Este relato es también una denuncia contra la historiografía complaciente. Los descendientes del Tawantinsuyo merecen que los hechos sean contados con autenticidad y sin temor a cuestionar las versiones heredadas. Porque el silencio también deforma la historia.
Pero buscar la verdad es un arma contra el olvido.

4. Reflexiones finales

En Titu Cusi, el silencio descriptivo es precisamente lo significativo. Menciona e invoca a Viracocha repetidamente, pero no construye un retrato físico ni una escena comparable a la de Betanzos o Cieza. No nos dice cómo era su rostro, su cabello, su vestimenta, su edad, qué llevaba en las manos ni cómo se manifestaba corporalmente.
No describe a Viracocha porque no necesita convertirlo en una figura visible. Lo invoca reiteradamente como Hacedor y como autoridad sobrenatural, haciendo de él una presencia permanente en su relato. Su testimonio no aporta un retrato de Viracocha, sino algo quizá más importante: evidencia de que el nombre y la función de Viracocha seguían teniendo significado dentro de la memoria religiosa del rey.
Titu Cusi es el cronista que no nos muestra el rostro de Viracocha, pero nos demuestra que su nombre seguía siendo suficientemente poderoso como para ser invocado una y otra vez. Lo anómalo en su testimonio es la ausencia del Inti o Sol, la deidad que tradicionalmente se nos ha presentado como la principal del incanato. ¿Realmente fue así?
Nos vemos en el post de Sarmiento de Gamboa.

5. Referencias

Cusi, Y.T. (1992). Instrucción al licenciado Lope García de Castro (1ra. ed.). Lima, Perú; Fondo editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Sáenz, O. (2021). El mito de Viracocha. (1ra. ed.) Lima, Perú.

El VIRACOCHA de CIEZA DE LEÓN: Una DESCRIPCIÓN que DESCONCIERTA

El VIRACOCHA de CIEZA DE LEÓN: Una DESCRIPCIÓN que DESCONCIERTA

Entre los cronistas que recogieron las antiguas tradiciones sobre esta enigmática deidad, el dios Viracocha de Cieza de León resulta particularmente desconcertante y fascinante a la vez.
La descripción de Viracocha que ofrece aparece como un personaje de extraordinarios poderes, capaz de transformar el paisaje, crear hombres y animales, sanar enfermos y devolver la vista a los ciegos. Pero también. es una deidad que habla de amor, mansedumbre, bondad y caridad.
¿Será el antiguo dios incaico? o ¿Será una imagen transformada por la creencia religiosa del cronista?
Para comprenderlo, ingresemos al relato de Cieza y observemos qué dijo, qué describió y, sobre todo, qué pudo haber visto cuando se encontró con la tradición del dios.

Índice

1. El Viracocha de Cieza de León: su descripción en 1553

1.1. ¿Qué describió Cieza cuando habló de Viracocha?

Cieza de León, P. (2005: Parte II, cap. V, p. 305), presenta a un personaje que aparece después de la salida del Sol y que viene desde el sur.
Según el relato, apareció un hombre blanco y de gran estatura, cuya presencia irradiaba autoridad y profunda veneración. Además, se le atribuía un poder extraordinario: podía transformar los cerros en llanuras, levantar montañas donde antes había planicies y hacer brotar manantiales de las rocas vivas.
Debido a tales prodigios, los indígenas lo llamaban el Hacedor de todas las cosas creadas, el Principio de todo cuanto existe y el Padre del Sol. Pero su grandeza no terminaba allí, además, le atribuían la creación de los hombres y de los animales, considerando que por su mano había llegado a la humanidad un inmenso beneficio.
Lo describe como un «hombre blanco y de gran estatura», expresión contraria a la tradición indígena, aun así, pensamos que es un comentario personal de Cieza.
Pero el relato continúa y es entonces cuando los detalles del dios comienzan a adquirir características más sorprendentes.
El cronista afirma:

«[…] volvió otro hombre semejante al que está dicho […] por dondequiera que llegaba y hubiese enfermos los sanaba y a los ciegos con solamente palabra les daba vista […] era de todos muy amado…» (Cieza de León, 2005: Parte II, cap. V, p. 306).

¿No resulta familiar esta descripción?
Sanar enfermos.
Devolver la vista a los ciegos mediante la sola palabra.
Ser amado por todos.
La narración evoca más a Cristo recorriendo Palestina que una deidad propia de la religión incaica, por esta razón, el relato adquiere un lenguaje cristianizado. Viracocha es reinterpretado a través de la religión católica, comprensible para la mentalidad europea del siglo XVI.

1.2. ¿Un Viracocha cristianizado?

Pero la homilía cristiana parece continuar cuando añade:

«[…] dio orden a los hombres cómo viviesen y que les hablaba amorosamente y con mucha mansedumbre, amonestándoles que fuesen buenos y los unos a los otros no se hiciesen daño ni injuria; antes, amándose, en todos hubiese caridad.» (Cieza de León, 2005: Parte II, cap. V, p. 305).

La descripción resulta sorprendente.
El Viracocha de Cieza de León aparece como un personaje blanco, amoroso, manso, sanador y predicador de la caridad.
¿No recuerda más a Cristo o a un apóstol cristiano que a un relato mítico incaico?

La deidad enseña el amor, la bondad, la mansedumbre y la caridad; valores expresados mediante un lenguaje extraordinariamente cercano al discurso evangélico del siglo XVI.
Entonces surge una pregunta inevitable:
¿A quién describe el cronista?
¿Al dios creador de los Incas?
¿O a una imagen reinterpretada a través de valores cristianos?
No estamos ante una descripción indígena directa. Estamos ante una narración intensamente filtrada por el lenguaje religioso del cronista.
No es la deidad auténtica que pudo haber existido en la tradición indígena, sino un Viracocha traducido, reinterpretado y revestido con atributos propios del cristianismo.
Así opera la transformación de lo sagrado incaico: el dios perdura, pero comienza a hablar con palabras ajenas.

1.3. ¿Un Viracocha arrodillado?

Pero la descripción de Viracocha continúa adquiriendo un marcado tono cristiano, mientras los rasgos incaicos se desvanecen.
Cuando llega a la provincia de Cacha y recoge la tradición sobre la llegada de la deidad, narra que los indígenas intentaron apedrearlo y que, de improviso:
«[…] le vieron hincado de rodillas, alzadas las manos al cielo, como que invocaba el favor divino para librarse del aprieto en que se veía.» (Cieza de León, 2005: Parte II, cap. V, p. 306).
La escena resulta sorprendente.
Una deidad andina arrodillada, con las manos elevadas al cielo, implorando auxilio divino.

¿Estamos ante una antigua tradición religiosa incaica?
¿O ante una imagen moldeada por la sensibilidad cristiana del cronista?
La escena recuerda más a un santo, a un profeta o a un apóstol en oración que a la representación habitual de una poderosa deidad creadora.
Y la pregunta vuelve a surgir:
¿A quién contemplamos realmente?
¿Al Viracocha incaico?
¿O al dios reinterpretado por la mirada virreinal?
Porque la deidad incaica descrita por Cieza habla, actúa y se comporta como una figura del universo cristiano.

1.4. Viracocha: ¿Un apóstol en Cacha?

Pero el pasaje más revelador aparece cuando describe la célebre estatua de Viracocha erigida en Cacha.
El cronista afirma:

«Algunos dijeron que podía ser esta hechura a figura de algún apóstol que llegó a esta tierra.» (Cieza de León, 2005: Parte I, cap. XCVIII, p. 251).

¡Un apóstol!
¿En Cacha?
¿En el principal templo del dios Viracocha?
¿En el lugar donde, según la tradición, descendió el fuego del cielo y todo quedó reducido a cenizas?
¿En el templo del Hacedor del Mundo Alto y del Mundo Bajo?
La afirmación resulta sorprendente, a pesar de lo detallado Cieza responde que eso es una burla: él mismo examinó la escultura y no encontró aquello que Juan de Betanzos y Sarmiento de Gamboa decían ver.

Porque ya no estamos únicamente ante una descripción con matices cristianos. Ahora la propia imagen de Viracocha es interpretada por otros cronistas con expresiones del universo religioso europeo.
La estatua deja de ser comprendida desde la tradición incaica y se interpretada a través de la figura de un apóstol cristiano.
Y aquí surge una pregunta inevitable:
¿Estamos ante una simple comparación o frente a un proceso de reinterpretación religiosa?
Describir a Viracocha como un apóstol implica introducir la historia cristiana en el corazón del mito incaico, por esta causa, el antiguo dios Hacedor es narrado con un lenguaje ajeno:
El nombre permanece.
Pero su imagen se transforma.
La memoria religiosa incaica es traducida y reinterpretada desde la perspectiva de la fe cristiana durante el periodo virreinal.
El dios que apareció en el lago Titicaca y desapareció en las aguas del Pacífico, no fue un apóstol ni un misionero de los Andes.
Cieza lo observó, lo describió, pero lo expresó mediante valores que le eran ajenos, así parte de la antigua descripción del dios quedó en silencio.

2. Reflexiones finales

Cieza construye una deidad de apariencia apostólica o evangélica.
No dice literalmente que sea Jesucristo, pero su escritura lo sugiere. Lo presenta mediante rasgos que lo aproximan al modelo cristiano de Cristo, del apóstol o del misionero.
En Cacha presenta a un hombre santo, perseguido injustamente, que implora ayuda divina y recibe una manifestación sobrenatural.
De esta manera, nos entrega probablemente uno de los casos más claros de transformación de Viracocha al pasar por la mirada de un cronista cristiano.
El resultado es un personaje híbrido: es un dios indígena en su origen narrativo, pero cristiano en buena parte del lenguaje con que lo presenta.
En él encontramos algo distinto: una entidad que habla de amor, mansedumbre y caridad; que sana enfermos y ciegos; que se arrodilla con las manos elevadas al cielo; que obra milagros y finalmente desaparece por el mar.
Todo ello hace que Cieza sea uno de los candidatos más evidentes para representar al «Viracocha apóstol».
En este caso quizá, la pregunta más interesante no sea quién fue realmente Viracocha, sino:
¿Qué vio el cronista cuando lo miró?
Tal vez allí se encuentre una de las claves para comprender cómo la espiritualidad incaica fue interpretada, transformada y, con el paso del tiempo, parcialmente silenciada.
La respuesta no está solamente en lo que Cieza escribió, sino también en aquello que su relato dejó entrever y en aquello que pudo quedar oculto detrás de sus palabras.
Nos vemos en el post de Titu Cusi Yupanqui.

2. Referencias

Cieza de León, P. (1985). El señorío de los Incas. España: Manuel Ballesteros Gaibrois.

Cieza de León, P. (2005). Crónica del Perú: el señorío de los Incas. Caracas, Venezuela: Fundación Biblioteca Ayacucho. Obtenido de: http://www.biblioteca.org.ar/libros/211665.pdf.

Sáenz, O. (2021). El mito de Viracocha. (1ra. ed.) Lima, Perú.

Sánchez, L. A. (1973). La Literatura Peruana – Derrotero para una Historia Cultural (4ta. ed., Vol. 1). Lima, Perú: P. L. Villanueva.