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¿Qué significa realmente Tiahuanaco? El nombre esconde una historia mucho más compleja de lo que sugiere su escritura actual. Durante siglos, cronistas, viajeros, investigadores y lingüistas han intentado explicar su origen y significado, relacionándola con distintas voces y tradiciones lingüísticas.

Pero ¿El nombre Tiahuanaco conserva realmente su significado original? ¿Es una palabra de origen quechua, aimara o procede de un idioma mucho más antiguo? ¿Qué pudo significar para el pueblo que habitó este territorio antes de la expansión incaica?

En este artículo examinamos las distintas interpretaciones del nombre “Tiahuanaco” y las circunstancias que pudieron alterar su significado original. Porque, en ocasiones, un antiguo nombre puede conservar en sus sílabas la historia de un mundo que ya desapareció.

Índice

1. Antecedentes

Se desarrolló en la altiplanicie del antiguo Perú y tuvo su principal centro en el territorio que hoy corresponde a Bolivia. La sede principal está ubicada a quince kilómetros al sureste del lago Titicaca, a una altura cercana a los 4.000 m.s.n.m. Es una cultura muy longeva, según el arqueólogo boliviano Ponce, C. (1976: 27-38) aparece aproximadamente en 1580 a.C. y se prolonga hasta 1187 d.C. Sorprende su lento y pausado crecimiento cuando lo compara con el rápido e intenso progreso de los incas.

Las primeras noticias fueron recogidas por Pedro Cieza de León, P. (2005: cap. CIV-CV, pp. 262-265), durante su recorrido por el antiguo Collasuyo, describe el clima, la geografía, la fauna y las condiciones de los pueblos que visitó. Refiere a Tiahuanaco como un pueblo de reducida extensión, pero dotado de grandes edificaciones y monumentales construcciones abandonadas y en estado de ruina. La magnitud de estos vestigios despierta su interés y lo lleva a considerar que se encuentra ante una cultura mucho más antigua que la de los incas.

Con el paso del tiempo, una parte importante de este patrimonio desapareció. Ravines, R. (2004: 196) señala que numerosos restos arqueológicos fueron destruidos cuando los colonos se apropiaron de las enormes piedras que formaban sus monumentos, utilizándolas para otras construcciones. Esta práctica ocasionó la pérdida de vestigios que hoy podrían haber ayudado a comprender mejor dicha civilización. A pesar de estas pérdidas, todavía se conservan importantes testimonios de su grandeza. Entre ellos destacan el Kalasasaya, Kantatayata, Pumapunku, la Puerta del Sol, la pirámide de Akapana y diversas estatuas monolíticas.

Y es precisamente ante estos vestigios, que sorprendieron a Cieza de León hace casi cinco siglos, donde comienza nuestro interés por una pregunta fundamental: ¿Qué significado tuvo realmente Tiahuanaco y de dónde procede su nombre?

2. Significado del nombre Tiahuanaco

Ravines, R. (2004: 195-196) señala que esta cultura es tan misteriosa como su propio nombre, pues aparece registrada de distintas maneras: Tiahuanaco, Tiahuanacu o Tiwanaku.

Una de las interpretaciones sostiene que el nombre proviene del quechua y significaría «santuario o asiento de guanacos». Sin embargo, esta traducción ha sido considerada poco apropiada y ha sido desestimada por los historiadores.

Otra propuesta señala que el nombre original habría sido Tiya Huanuk, expresión que significaría «luz moribunda». Esta interpretación estaría relacionada con el culto a un ídolo denominado Ka-Ata-Killa, cuyo nombre significaría «luna menguante». Agustín de Zárate (1555) menciona que el cacique de Tiguamano o Guanaco realizaba ofrendas humanas en honor de dicho ídolo.

Según Cerrón Palomino (2016: 20-21), desde la época virreinal hasta nuestros días se han propuesto diversas explicaciones sobre el origen del nombre Tiahuanaco. Sin embargo, muchas fueron formuladas sin criterios lingüísticos o filológicos sólidos, por lo que no ofrecen una explicación convincente.

Entre ellas se encuentra la curiosa interpretación recogida por el jesuita Bernabé Cobo. Según relata, cuando el Inca se encontraba en Tiahuanaco llegó desde el Cuzco un mensajero que había recorrido el trayecto con extraordinaria rapidez. Al verlo, el Inca le habría dicho:

«Tiay, guanacu», es decir, «Siéntate y descansa, guanaco».

Cobo explica que el mensajero recibió el nombre de guanaco por la rapidez de su viaje, comparándolo con este veloz auquénido andino. Desde entonces, según el cronista, el lugar habría conservado ese nombre, aunque con algunas modificaciones en su pronunciación.

Una anécdota transmitida por un cronista no necesariamente explica el verdadero origen de un topónimo. Para aproximarnos a él debemos preguntarnos qué lengua hablaba la población que dio origen al nombre y qué significaban originalmente sus palabras.

Tiahuanaco ha sido interpretado tradicionalmente desde el quechua. Sin embargo, esta explicación presenta dificultades tanto semánticas como cronológicas. Si el nombre corresponde a un lugar cuya antigüedad es muy anterior a la expansión del quechua y probablemente también del aimara, resulta necesario buscar una lengua más antigua del altiplano.

Cerrón Palomino propone identificar la primera parte del nombre, <tia>, con <thiya>, voz registrada por el jesuita Ludovico Bertonio con los sentidos de «lugar o parte muy lejos», «el fin» o «término del mundo». Bertonio incluso registra la expresión <thiya marca>, «pueblo que está en los confines del mundo». Aunque la voz aparece documentada en aimara, Cerrón considera posible que su origen sea más antiguo y corresponda al puquina.

Queda entonces por explicar <huanaco>. Cerrón descarta su relación con el quechua <huanacuk>, «el que se corrige o enmienda», debido a la antigüedad y localización del topónimo. Propone, en cambio, buscar sus componentes en el puquina y dividirlo en <huana> + <co>.

El elemento <huana> encuentra paralelos en antiguas fuentes vinculadas al puquina. Oré registra <vana>, «nuevo», mientras que el callahuaya presenta <wani>, «flamante, nuevo», y <wana>, relacionado con «adorno». Estos registros permiten vincular <huana> con la idea de algo nuevo o renovado.

Más problemática resulta la terminación <co>. Cerrón propone relacionarla con <coa>, voz de filiación puquina registrada por Oré con el significado de «ídolo» y vinculada a la idea de divinidad o santuario.

A partir de estos elementos, Cerrón Palomino reconstruye la forma thiya wana-quwa, cuya interpretación sería: «La divinidad nueva del confín».

Con el paso del tiempo, la pronunciación habría sufrido modificaciones hasta dar lugar a la forma conocida como Tiahuanaco.

La propuesta de Cerrón Palomino no constituye una certeza definitiva, sino una reconstrucción lingüística que busca explicar un topónimo posiblemente anterior al quechua y al aimara.

Pero si esta interpretación fuese correcta, Tiahuanaco no sería únicamente el nombre de un lugar. Su propia estructura podría conservar la memoria de una antigua divinidad del altiplano.

Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿A qué divinidad se refiere ese antiguo nombre?

3. Fundamento mítico del nombre

En Tiahuanaco ocurrieron acontecimientos míticos profundamente relacionados con el dios Viracocha. Según los cronistas, la divinidad apareció en las inmediaciones del lago Titicaca después de un período de oscuridad y dio inicio a la creación del mundo.

Fue allí donde se estableció el orden del Mundo Alto (Hanan Pacha) y del Mundo Bajo (Hurin Pacha); aparecieron el Sol, la Luna y las estrellas, y Viracocha creó a los seres humanos, representándolos en piedra según sus respectivos géneros. Por ello, Tiahuanaco se presenta como uno de los principales escenarios míticos de Viracocha y como un lugar fundamental en el origen de la tradición incaica.

Dentro de esta concepción, los incas habrían reconocido dos confines en el mundo: uno hacia el occidente, en el lugar donde el Sol desaparece sobre el océano Pacífico, y otro hacia el oriente, en las inmediaciones del lago Titicaca, donde Viracocha habría aparecido.

Es precisamente aquí donde la interpretación «la divinidad nueva del confín» adquiere un sentido particularmente sugerente. Si <thiya> alude a un lugar lejano o confín y <huana> se relaciona con lo nuevo o flamante, el nombre podría estar haciendo referencia a una divinidad asociada con el confín del altiplano.

Pero existe una posibilidad todavía más interesante. Lo nuevo o flamante podría relacionarse con el Sol naciente, que cada día aparece por el horizonte oriental, precisamente en el extremo del mundo conocido. De este modo, el nombre Tiahuanaco podría estar vinculado no solamente con una divinidad, sino con la manifestación renovada de esa divinidad en el lugar donde nace la luz.

Si esta interpretación es correcta, «La divinidad nueva del confín» dejaría de ser una simple explicación etimológica para adquirir una profunda correspondencia con el mito de Viracocha y con la concepción incaica de los confines del mundo.

4. Reflexiones finales

Durante siglos, el significado del nombre Tiahuanaco ha permanecido envuelto en interpretaciones que, en muchos casos, intentaron explicarlo desde el idioma quechua o mediante relatos transmitidos por los cronistas. Sin embargo, al examinar su antigüedad y su ubicación en el altiplano, esas explicaciones presentan dificultades que obligan a mirar más atrás, hacia las lenguas que existieron antes de la expansión del quechua y del aimara.

La propuesta de Cerrón Palomino ofrece una vía diferente. Al relacionar <thiya> con la idea de confín o lugar lejano, y <huana> con nuevo o flamante, para finalmente vincular <coa> con divinidad, reconstruye una expresión que podría haber dado origen al nombre:

thiya wana-quwa

Su posible significado sería: «LA DIVINIDAD NUEVA DEL CONFÍN»

Pero lo sorprendente aparece cuando esta interpretación lingüística se confronta con la tradición mítica asociada a Tiahuanaco.

El mítico lago Titicaca y sus inmediaciones aparecen en las antiguas tradiciones como el lugar fundamental de la aparición de Viracocha, el Hacedor. Allí comienza el ordenamiento del mundo, aparecen los astros y se establece la separación entre el Mundo Alto y el Mundo Bajo. No se trata, por tanto, de un lugar cualquiera dentro de la geografía sagrada de los Incas.

Además, dentro de la concepción de los confines del mundo, el occidente era el lugar donde el Sol desaparecía y el oriente, situado hacia el Titicaca, era el lugar donde volvía a aparecer. De esta manera, la expresión «la divinidad nueva del confín» adquiere una dimensión que va mucho más allá de una simple descripción geográfica.

Lo nuevo, lo flamante, es aquello que vuelve a manifestarse. Y el Sol vuelve cada día a aparecer por el confín oriental.

¿Podría entonces el antiguo nombre de Tiahuanaco conservar la memoria de una divinidad vinculada con el nacimiento renovado de la luz?

No podemos presentar esta interpretación como una certeza absoluta. La distancia temporal, la desaparición del puquina como lengua viva y la escasez de registros directos impiden una demostración definitiva. Pero tampoco podemos ignorar la extraordinaria coincidencia entre la estructura lingüística propuesta, la geografía sagrada del altiplano y el mito de Viracocha.

Quizá Tiahuanaco nunca fue simplemente el nombre de una ciudad.

Quizá su nombre conservó, durante siglos, una idea religiosa mucho más antigua: la presencia de una divinidad que aparece en el confín del mundo y que, como el Sol, vuelve a manifestarse después de la oscuridad.

Y si esto fuera así, detrás de la palabra Tiahuanaco no hallaríamos únicamente el nombre de una antigua civilización. Encontraríamos la memoria de una divinidad.

Y esa posibilidad abre una última pregunta: ¿Fue Tiahuanaco realmente el lugar donde nació la tradición de Viracocha?

5. Referencias

Cerrón, Palomino, R. (2016). El lenguaje como hermenéutica en la comprensión del pasado: a propósito del puquina en la génesis del imperio incaico. Diálogo Andino N° 49, páginas 11-27. Obtenido de: https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0719-26812016000100004&lng=es&nrm=iso.

Cieza de León, P. (2005). Crónica del Perú el señorío de los incas. Caracas, Venezuela: Fund. Biblioteca Ayacucho. Obtenido de: http://www.biblioteca.org.ar/libros/211665.pdf.

Garcilaso de la Vega, I. (1985). Comentarios reales de los incas. Lima, Perú: Fondo Editorial Banco de Crédito del Perú.

Ponce, C. (1976). Tiwanaku: Espacio, tiempo y cultura (3ra. ed.). La Paz, Bolivia: Ediciones Pumapunku.

Ravines, R. (2004). Enciclopedia de la HISTORIA GENERAL DEL PERÚ. T. 2 Las culturas preincas. (2da. ed.). Lima, Perú.