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Entre los cronistas que recogieron las antiguas tradiciones sobre esta enigmática deidad, el dios Viracocha de Cieza de León resulta particularmente desconcertante y fascinante a la vez.
La descripción de Viracocha que ofrece aparece como un personaje de extraordinarios poderes, capaz de transformar el paisaje, crear hombres y animales, sanar enfermos y devolver la vista a los ciegos. Pero también. es una deidad que habla de amor, mansedumbre, bondad y caridad.
¿Será el antiguo dios incaico? o ¿Será una imagen transformada por la creencia religiosa del cronista?
Para comprenderlo, ingresemos al relato de Cieza y observemos qué dijo, qué describió y, sobre todo, qué pudo haber visto cuando se encontró con la tradición del dios.

Índice

1. El Viracocha de Cieza de León: su descripción en 1553

1.1. ¿Qué describió Cieza cuando habló de Viracocha?

Cieza de León, P. (2005: Parte II, cap. V, p. 305), presenta a un personaje que aparece después de la salida del Sol y que viene desde el sur.
Según el relato, apareció un hombre blanco y de gran estatura, cuya presencia irradiaba autoridad y profunda veneración. Además, se le atribuía un poder extraordinario: podía transformar los cerros en llanuras, levantar montañas donde antes había planicies y hacer brotar manantiales de las rocas vivas.
Debido a tales prodigios, los indígenas lo llamaban el Hacedor de todas las cosas creadas, el Principio de todo cuanto existe y el Padre del Sol. Pero su grandeza no terminaba allí, además, le atribuían la creación de los hombres y de los animales, considerando que por su mano había llegado a la humanidad un inmenso beneficio.
Lo describe como un «hombre blanco y de gran estatura», expresión contraria a la tradición indígena, aun así, pensamos que es un comentario personal de Cieza.
Pero el relato continúa y es entonces cuando los detalles del dios comienzan a adquirir características más sorprendentes.
El cronista afirma:

«[…] volvió otro hombre semejante al que está dicho […] por dondequiera que llegaba y hubiese enfermos los sanaba y a los ciegos con solamente palabra les daba vista […] era de todos muy amado…» (Cieza de León, 2005: Parte II, cap. V, p. 306).

¿No resulta familiar esta descripción?
Sanar enfermos.
Devolver la vista a los ciegos mediante la sola palabra.
Ser amado por todos.
La narración evoca más a Cristo recorriendo Palestina que una deidad propia de la religión incaica, por esta razón, el relato adquiere un lenguaje cristianizado. Viracocha es reinterpretado a través de la religión católica, comprensible para la mentalidad europea del siglo XVI.

1.2. ¿Un Viracocha cristianizado?

Pero la homilía cristiana parece continuar cuando añade:

«[…] dio orden a los hombres cómo viviesen y que les hablaba amorosamente y con mucha mansedumbre, amonestándoles que fuesen buenos y los unos a los otros no se hiciesen daño ni injuria; antes, amándose, en todos hubiese caridad.» (Cieza de León, 2005: Parte II, cap. V, p. 305).

La descripción resulta sorprendente.
El Viracocha de Cieza de León aparece como un personaje blanco, amoroso, manso, sanador y predicador de la caridad.
¿No recuerda más a Cristo o a un apóstol cristiano que a un relato mítico incaico?

La deidad enseña el amor, la bondad, la mansedumbre y la caridad; valores expresados mediante un lenguaje extraordinariamente cercano al discurso evangélico del siglo XVI.
Entonces surge una pregunta inevitable:
¿A quién describe el cronista?
¿Al dios creador de los Incas?
¿O a una imagen reinterpretada a través de valores cristianos?
No estamos ante una descripción indígena directa. Estamos ante una narración intensamente filtrada por el lenguaje religioso del cronista.
No es la deidad auténtica que pudo haber existido en la tradición indígena, sino un Viracocha traducido, reinterpretado y revestido con atributos propios del cristianismo.
Así opera la transformación de lo sagrado incaico: el dios perdura, pero comienza a hablar con palabras ajenas.

1.3. ¿Un Viracocha arrodillado?

Pero la descripción de Viracocha continúa adquiriendo un marcado tono cristiano, mientras los rasgos incaicos se desvanecen.
Cuando llega a la provincia de Cacha y recoge la tradición sobre la llegada de la deidad, narra que los indígenas intentaron apedrearlo y que, de improviso:
«[…] le vieron hincado de rodillas, alzadas las manos al cielo, como que invocaba el favor divino para librarse del aprieto en que se veía.» (Cieza de León, 2005: Parte II, cap. V, p. 306).
La escena resulta sorprendente.
Una deidad andina arrodillada, con las manos elevadas al cielo, implorando auxilio divino.

¿Estamos ante una antigua tradición religiosa incaica?
¿O ante una imagen moldeada por la sensibilidad cristiana del cronista?
La escena recuerda más a un santo, a un profeta o a un apóstol en oración que a la representación habitual de una poderosa deidad creadora.
Y la pregunta vuelve a surgir:
¿A quién contemplamos realmente?
¿Al Viracocha incaico?
¿O al dios reinterpretado por la mirada virreinal?
Porque la deidad incaica descrita por Cieza habla, actúa y se comporta como una figura del universo cristiano.

1.4. Viracocha: ¿Un apóstol en Cacha?

Pero el pasaje más revelador aparece cuando describe la célebre estatua de Viracocha erigida en Cacha.
El cronista afirma:

«Algunos dijeron que podía ser esta hechura a figura de algún apóstol que llegó a esta tierra.» (Cieza de León, 2005: Parte I, cap. XCVIII, p. 251).

¡Un apóstol!
¿En Cacha?
¿En el principal templo del dios Viracocha?
¿En el lugar donde, según la tradición, descendió el fuego del cielo y todo quedó reducido a cenizas?
¿En el templo del Hacedor del Mundo Alto y del Mundo Bajo?
La afirmación resulta sorprendente, a pesar de lo detallado Cieza responde que eso es una burla: él mismo examinó la escultura y no encontró aquello que Juan de Betanzos y Sarmiento de Gamboa decían ver.

Porque ya no estamos únicamente ante una descripción con matices cristianos. Ahora la propia imagen de Viracocha es interpretada por otros cronistas con expresiones del universo religioso europeo.
La estatua deja de ser comprendida desde la tradición incaica y se interpretada a través de la figura de un apóstol cristiano.
Y aquí surge una pregunta inevitable:
¿Estamos ante una simple comparación o frente a un proceso de reinterpretación religiosa?
Describir a Viracocha como un apóstol implica introducir la historia cristiana en el corazón del mito incaico, por esta causa, el antiguo dios Hacedor es narrado con un lenguaje ajeno:
El nombre permanece.
Pero su imagen se transforma.
La memoria religiosa incaica es traducida y reinterpretada desde la perspectiva de la fe cristiana durante el periodo virreinal.
El dios que apareció en el lago Titicaca y desapareció en las aguas del Pacífico, no fue un apóstol ni un misionero de los Andes.
Cieza lo observó, lo describió, pero lo expresó mediante valores que le eran ajenos, así parte de la antigua descripción del dios quedó en silencio.

2. Reflexiones finales

Cieza construye una deidad de apariencia apostólica o evangélica.
No dice literalmente que sea Jesucristo, pero su escritura lo sugiere. Lo presenta mediante rasgos que lo aproximan al modelo cristiano de Cristo, del apóstol o del misionero.
En Cacha presenta a un hombre santo, perseguido injustamente, que implora ayuda divina y recibe una manifestación sobrenatural.
De esta manera, nos entrega probablemente uno de los casos más claros de transformación de Viracocha al pasar por la mirada de un cronista cristiano.
El resultado es un personaje híbrido: es un dios indígena en su origen narrativo, pero cristiano en buena parte del lenguaje con que lo presenta.
En él encontramos algo distinto: una entidad que habla de amor, mansedumbre y caridad; que sana enfermos y ciegos; que se arrodilla con las manos elevadas al cielo; que obra milagros y finalmente desaparece por el mar.
Todo ello hace que Cieza sea uno de los candidatos más evidentes para representar al «Viracocha apóstol».
En este caso quizá, la pregunta más interesante no sea quién fue realmente Viracocha, sino:
¿Qué vio el cronista cuando lo miró?
Tal vez allí se encuentre una de las claves para comprender cómo la espiritualidad incaica fue interpretada, transformada y, con el paso del tiempo, parcialmente silenciada.
La respuesta no está solamente en lo que Cieza escribió, sino también en aquello que su relato dejó entrever y en aquello que pudo quedar oculto detrás de sus palabras.
Nos vemos en el post de Titu Cusi Yupanqui.

2. Referencias

Cieza de León, P. (1985). El señorío de los Incas. España: Manuel Ballesteros Gaibrois.

Cieza de León, P. (2005). Crónica del Perú: el señorío de los Incas. Caracas, Venezuela: Fundación Biblioteca Ayacucho. Obtenido de: http://www.biblioteca.org.ar/libros/211665.pdf.

Sáenz, O. (2021). El mito de Viracocha. (1ra. ed.) Lima, Perú.

Sánchez, L. A. (1973). La Literatura Peruana – Derrotero para una Historia Cultural (4ta. ed., Vol. 1). Lima, Perú: P. L. Villanueva.